En mi generación los hijos teníamos bien definidos los roles que jugábamos en la familia, los padres eran la autoridad y los hijos seguíamos la disciplina impuesta.
No se nos permitía imponer nuestros puntos de vista y mucho menos contradecir las indicaciones ya fueran estas correctas o incorrectas de parte de nuestros padres o figuras de autoridad. De alguna manera las cosas eran mas sencillas porque quedaba muy claro que la autoridad eran los padre y lo hijos los seguidores de las reglas.
Si un hijo se rebelaba era severamente castigado, si empeoraba la situación podía ser expulsado de la familia, hecho que era bien visto por ser el o la rebelde que se oponía a las reglas familiares.
En esta generación en las cuales los hijos nacieron en los ochentas, noventas o en el dos mil las cosas cambiaron radicalmente. Los padres en el afán de cambiar y mejorar sus propias experiencias vividas de niños y las nuevas teorías de como tratar a os hijos para no generarles traumas y dejarlos con la libertad que supuestamente los haría hombres y mujeres fuertes emocionalmente, ha creado una seria confusión en como educar a los hijos.
Los hijos reclaman derechos de libertad, tomar sus propias decisiones y decidir desde muy temprana edad lo que es bueno y conveniente para ellos.
Eso a simple vista suena como si la juventud hubiera dado un paso importante de madurez dándole dirección a su vida, y esto es un echo muy lejano a la realidad.
Los hijos ante la ambivalencia de los padres han sabido aprovechar muy bien esta indecisión de lo que se considera “bueno” y lo “malo” y esto es porque los padres no alcanzan a definir y sobre todo a aplicar reglas, límites y dirección con disciplina.
Hoy se presenta un fenómeno donde los hijos a muy temprana edad exigen y dirigen lo que es y no es bueno para su vida (claro que con decisiones equivocadas), los padres ante sus dudas terminan cediendo y se encuentran con hijos que no saben que hacer con sus vida, que no quieren estudiar o trabajar, que aun siguen exigiendo ser mantenidos económicamente, mientras ellos sin hacer nada exigen que se les de tiempo para decidir su vida.
Al hablar con los padres se escucha enojo, frustración y tristeza al reconocer que no pueden hacer nada, que no ejercen su autoridad, que no ponen límites y lo mas doloroso que a un padre le puede suceder “Que sus hijos los mandan”

Alguna vez ha pensado el porqué los hijos tienen ese poder?
Se ha preguntado si realmente les está dando principios y valores o, sin darse cuenta cedió el poder porque les tiene miedo?

Martha Saenz

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