Todas las personas adultas hemos recibido de nuestra madre (biológica) una serie de atenciones, cuidados y actitudes, pero al mismo tiempo un legado que forma la madre interior (emocional). Se trata de un aspecto de nuestra mente que actúa y responde de una manera idéntica a la experiencia infantil que la mujer tuvo con su propia madre. Además, la madre interior está hecha no sólo de experiencia de propia madre, sino que también de otras figuras maternas de nuestra vida y de las imágenes que se tenía de la buena madre y de la mala madre que experimentamos en la época de nuestra infancia.

En casi todos los adultos hubo en otros tiempos alguna dificultad con la madre, pero ahora ya no la hay. Existe en su mente una doble de su madre que habla, actúa y responde de la misma manera que su madre real en la primera infancia. La madre interior seguirá teniendo los mismos valores y las mismas ideas.

Tipos de madres:

La madre ambivalente.

Este tipo de madre es la que se siente emocionalmente dividida, algunas veces por ser distinta a lo que la sociedad espera de ella (ser madre divorciada) y por no cumplir las reglas esperadas (ser madre soltera), y por consecuencia se derrumba (viuda, abandonada o con toda la presión del sostén económico familiar), deja de preocuparse por sus hijos y se esconde en diversas actividades como volverse obsesiva con la limpieza, adicta a los cafecitos, merienditas, juegos de azar o a trabajar sin darse tiempo para descansar.

En la actualidad muchas madres siguen actuando de acuerdo con los antiguos temores de las mujeres que las han precedido a lo largo de los siglos.

Cualquier madre que haya sido atacada, criticada o juzgada alguna vez, se identificará con ellas y podrá entender la ambivalencia interna de querer ser buena madre y al mismo tiempo, querer quedar bien con la sociedad al querer ser aceptada por ella bajo cualquier costo. Es posible que una mujer que se siente ambivalente ceda con demasiada facilidad y tema asumir una postura, exigir respeto, ejercer sus derechos a hacer las cosas, aprenderlas y vivirlas a su manera.

La madre derrumbada.

Cuando una madre se derrumba psicológicamente, significa que ha perdido el sentido de sí misma. Puede ser una mala madre que sólo piensa en ella, o que se considera con derecho a ser una niña, pero lo más probable es que se haya separado de su verdadero Yo y se haya derrumbado debido al temor de una amenaza real, emocional o física.

Cuando las personas se derrumban suelen resbalar hacia uno de los siguientes estados emocionales:

* Un Lío (están confusas).

* Un Revolcadero (creen que nadie comprende debidamente su tormento).

* Un Pozo (una repetición emocional de una antigua herida, a menudo una injusticia no reparada cometida con ella en su infancia y por la que nadie pagó.

Para conseguir que una madre se derrumbe hay que provocar una división emocional, y el medio utilizado es obligarla a elegir entre el amor a su hijo o su pareja, su trabajo, su profesión, su familia, sus amigas, etc. Cuando una madre se ve obligada a elegir entre su hijo y la cultura, nos encontramos en presencia de una cultura terriblemente cruel y desconsiderada. Una cultura que exige causar daño a una persona para defender sus propios preceptos, es verdaderamente una cultura muy enferma. Esta cultura puede ser aquella en que vive la mujer, pero lo mas grave es que también puede ser la que ella lleva consigo en el interior de su mente. Una de las opresiones contra la vida espiritual de las mujeres de la que menos se habla es de las de millones de madres solteras en todo el mundo, y que sólo en este siglo se han visto obligadas por la moral dominante a ocultar su condición o a esconder a sus hijos, o bien a renunciar a ellos o a vivir mal bajo una falsa identidad como ciudadanas humilladas o privadas de todo derecho.

Durante mucho tiempo en nuestra cultura lamentablemente y por distintas razones, el padre no ha podido o no ha querido por desgracia estar “disponible” para nadie, ni siquiera para sí mismo. Se podría decir que para muchas mujeres y niñas el padre era o es un padre derrumbado, ausente o sin ninguna intención de participar en la formación o integración familiar.

La madre no amada.

La clase más habitual de madre es frágil, ingenua y poco sofisticada; la de la madre no amada en su niñez. Hay muchas razones por las cuales un ser humano o una madre puede comportarse de esa manera. Puede estar emocionalmente lastimada hasta el

extremo de considerarse indigna de amar incluso a su hijo(a). Puede haber estado torturada por su familia y su cultura, y no se considera digna de verse como una madre radiante por la nueva maternidad. Cómo se ve a una madre se le tiene que amar para que ame a su vez a sus hijos. Todas las madres primerizas son madres niñas al principio, que son lo bastante mayor como para tener hijos y sus buenos instintos siguen la dirección apropiada, pero precisa de los cuidados de una mujer de más edad o de mujeres que la estimulen, la animen y la apoyen en el cuidado de sus retoños.

En casi todos los países industrializados actuales, la joven madre pasa por el embarazo y el parto e intenta cuidar de su hijo en soledad.

¿Cuál es la solución?

Aunque el instinto que nos indica a dónde tenemos que ir, pedir apoyo y ayuda no esté plenamente desarrollado, el instinto que nos induce a seguir vagando hasta encontrar lo que necesitamos se mantiene intacto. A veces uno sigue llamando a las puertas que no debe, a pesar de constarle que no tendría que hacerlo. Cuesta imaginar que una persona pueda saber qué puertas son las equivocadas cuando nunca ha sabido lo que era una puerta apropiada, sin embargo, las puertas equivocadas son las causantes de que una persona se vuelva a sentir una vez más rechazada.

Cuando una mujer recurre a una conducta compulsiva, repitiendo una y otra vez un comportamiento que no la satisface y que provoca declive en lugar de una prolongada vitalidad, lo que hace en realidad es causarse más daño, pues no se cura la herida inicial y en cada una de sus incursiones se produce nuevas heridas.

Las soluciones a estas opciones equivocadas son varias:

1.- Reconocer sus cualidades.

2.-Desarrollar las que necesita.

3.-Aceptar sus dotes.

4.-Reconocer sus limitaciones.

5.-Dejar de engañarse o mentirse.

Al ser congruente y decirse a sí misma la verdad acerca de tu herida, comprenderás el remedio que se tiene que aplicar. No llenes el vacío con lo que resulte más fácil o lo que tengas más a la mano, espera a encontrar la medicina adecuada. “La reconocerás porque tu vida será más fuerte y no más débil”.

Clarissa Pinkola Estés

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